Daniel Noni, el calesitero del Parque Urquiza
Se cumplieron cuarenta años desde que Daniel Noni instaló la calesita en el Parque Urquiza. Vino de Buenos Aires apenas iniciada la década del ´70 y vio crecer a varias generaciones de paranaenses. Hoy continúa con esta actividad que perdura a pesar del paso del tiempo y las modas. Cada día hace girar un mundo de ilusiones, mientras se asombra de los cambios en el mundo real.
Porteño devenido en paranaense, Daniel Noni es un símbolo, uno de esos rostros propios de la ciudad. Logró convertirse en ello gracias a sus cuarenta años dedicados a la calesita. El 31 de enero de 1971 comenzó esta actividad sin imaginarse cuánto tiempo le dedicaría. Pocas personas son, como él, parte de los recuerdos alojados en casi todo niño que ha residido en Paraná las últimas cuatro décadas.
Su figura esbelta y la mirada tranparente, protegida por anchas cejas plateadas, han acompañado momentos de alegría y diversión de varias generaciones. Está instalado en la plaza lindera al monumento a Urquiza, al final de la Avenida Alameda de la Federación; desde allí cada día se enciende la ilusión que, al ritmo de la música, se echa a rodar.
—Yo me dedicaba a otra cosa antes de ser calesitero, trabajé diez años en la Dirección Nacional de Turismo. Me gustaba mucho el tema y me iba bastante bien. Pero con mi señora, que es entrerriana, decidimos venir a vivir a Paraná; así que renuncié y tuve que buscarme otra actividad. Soy porteño, entre otras cosas. Conocí a mi señora, que se llama Susana, en Buenos Aires, en la casa de un pariente un fin de año. Y ahí empezó la cosa, ella venía de EEUU donde había estado con una parienta. Vivimos diez años en allá y después nos vinimos para acá.
— ¿Y por qué una calesita?
—Fue idea de un matrimonio amigo y yo tenía ganas de dedicarme a algo diferente de lo que había hecho hasta el momento.
— ¿Y usted compró la calesita?
—Sí. Me la trajeron de Buenos Aires. La compré en una fábrica que se llamaba Diversiones. Ya no existe. El constructor clásico de calesitas en la región fue una familia de apellido Sequalino que eran de Rosario. Ellos hicieron el noventa por ciento de las calesitas que hoy funcionan todavía en el país. Pero en ese momento estaban saturados de trabajo porque había mucha demanda — dice riendo casi con incredulidad mientras mira la suya; ya vacía en esta tarde cálida.
La fábrica de los hermanos Sequalino construía para el país y exportaba para América Latina. Cada calesita tenía un período de producción de alrededor de un mes; funcionaban con energía eléctrica, también fabricaban para pueblos donde la electricidad no llegaba y entonces eran movidas por caballos. La fábrica que supo proveer de este juego a buena parte de la región, cerró definitivamente en 1984.
—Entonces tuve que ir a esta gente de Buenos Aires, a Diversiones. Después ellos dejaron y se dedicaron a un show con delfines en Mar de Ajó. Era gente buena…
—Y la calesita salió buena también
—Sí. Aunque ellos eran buenos en la faz decorativa. Tuve que hacerle algunos refuerzos porque no era lo suficientemente sólida, al menos para mi gusto.
El terreno donde se encuentra la calesita es municipal. Para instalarla, además de tomar la concesión y pagar un canon, hubo que hacer algunas instalaciones. Daniel recuerda con orgullo todo lo que hizo: la instalación eléctrica, el cerco, la salita donde él está y, especialmente, el piso de cemento que se construyó contra las opiniones de su padre, por parecerle un gasto innecesario.
— ¿Aquella vez imaginaba que iba a estar cuarenta años?
— No, no de ninguna manera – con un gesto melancólico se toma la cabeza con las manos y evita continuar respondiendo.
La conversación se desarrolla con desgano y evade muchas de las preguntas que lo llevan a la emoción. Luego se entusiasma y recuerda:
—Ya es un clásico, vienen los padres jóvenes y tienen la necesidad de decirme que ellos venían cuando eran chicos; también las abuelas me dicen: “yo traía los chicos, ahora traigo los nietos”. Para ser sincero, me acuerdo sólo de algunos. Soy muy distraído y no presto atención. Es tanta la gente que pasó y pasa por acá que yo mentiría si dijera que me acuerdo. Por una circunstancia especial me acuerdo del doctor Ogusuku; él traía a las hijas que hoy ya son profesionales. Tenía todo calculado, les daba dos vueltas y cuando las chicas protestaban porque se tenían que ir decía: “bueno, una más”. Pero él ya tenía eso preparado.
— ¿Usted tiene hijos?
—No, lamentablemente no. No porque no hayamos querido sino porque no vinieron. Así que de alguna manera compensa tener tantos chicos acá. Por ejemplo, vienen los jardines de infantes a la mañana y es lindo ver la inocencia de los chicos, eso es hermoso.
— ¿A pesar de tantos cambios tecnológicos en lo recreativo la calesita sigue siendo atractiva?
— Tiene algo de rotativo; el mundo, el universo es rotativo y cambiante. Es una comparación un poco simple, pero algo de eso hay. El tiempo ha pasado y yo sigo acá.
— ¿Siente que la calesita tiene cierta mística, o es su trabajo y nada más?
—Tiene mística, sin dudas. Si no, no anda la cosa. Y a mí me gusta. Veo a los chicos que vienen y me dicen: “dame esto, dame lo otro” con una desenvoltura que me sorprende. Lo mismo con los padres que corren al lado de la calesita, o los abuelos; es reconfortante ver eso. Sobre todo en este mundo donde hay tanta violencia y maldad.
—Este es su mundo, diferente al que está allá afuera.
—Sí, claro que sí – responde sin dudar
— ¿Qué lo sorprende?
—Como ha cambiado la idiosincrasia de la gente y el mundo del nuevo siglo. Es un cambio espectacular. Antes, cuando se inauguró, la gente rebalsaba y los chicos venían hasta los ocho o nueve años. Ahora, a los cinco o seis se creen grandes y traen a sus hermanitos. El mundo de la imagen y la electrónica los ha absorbido.
— ¿Qué le gusta hacer?
—Me gusta leer –responde rápidamente– leo actualidad, turismo. Prefiero los diarios antes que la televisión y la radio. Dicen que el que busca encuentra y me interesa la información de carácter científico; novedades que son interesantes y a veces no aparecen en la televisión.
— ¿Y qué le ha sorprendido de la ciencia?
—Muchísimas cosas. Por ejemplo a nosotros nos enseñaban hace 60 años que el hombre nunca iba a poder salir o evadirse de la tierra porque las leyes físicas se lo impedían. Y cuando se produjo el alunizaje fue impactante –hace un silencio, su rostro se inunda de recuerdos y continúa– para los que vimos eso por televisión fue impresionante.
Daniel Noni estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires, que pertenece a la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA); ubicado en la tradicional Manzana de las Luces, es considerado una de las instituciones educativas más prestigiosas del país. Las tareas escolares y otras actividades propias del colegio, le insumían gran parte del día. Al terminar la jornada la única distracción era la radio y algunas aventuras de Tarzán cuando comenzó la televisión.
—En turismo se decía, hace cuarenta años, que con el avance de la aviación era como si el mundo se achicara cuatro veces. Nuestros abuelos vinieron en barco y tardaron un mes, después los barcos fueron más rápidos. Me acuerdo que había uno de la línea C, era italiano, que hacia Buenos Aires Lisboa en diez días. Era todo un récord. Y hoy los aviones llegan a Europa en una noche. Y cuando empezó la televisión fue un gran avance; y así ha seguido con el correo electrónico e internet. Hoy ya es un mundo fantasmal en el que vivimos y por ahí a los viejos nos cuesta asimilarlo.
— ¿Usted tiene contacto con internet?
—No. Sólo a través de los sobrinos que le cuentan a uno cómo es –dice riendo, sin dar lugar a la posibilidad de convertirse en usuario.
— ¿Y qué sabe de las calesitas en otros lugares del mundo?
—Hasta no hace mucho el país que más tenía era Francia; en EEUU también hay incluso para grandes. Una vez vi en La Sociedad Rural de Buenos Aires a unos norteamericanos que tenían caballos para gente grande.
Nadie sabe quién inventó esta diversión que aún sobrevive a pesar del avance de las nuevas tecnologías y la cultura de la imagen. La primera referencia es de 1648, cuando a un viajero le extrañó en Turquía un enorme plato con caballos de madera que gira sobre sí mismo. El invento llegó a Europa en 1673 cuando Rafael Folyarte registró la primera patente de una calesita en Inglaterra. La bautizó merry go round, algo así como “vueltas alegres”. El juego se propagó por Francia exclusivamente entre la aristocracia.
Las primeras calesitas llegaron a Buenos Aires en el año 1860 y eran impulsadas por un caballo; hasta que en la década del ´30 llegó el motor que funcionaba a nafta y las famosas calesitas de los hermanos Sequalino.
—Dicen que no hay día más triste para la calesita que los de lluvia.
—Hay una cuestión estacional. El verano no es una buena época porque la gente va a la playa o hace otra cosa. Cuando hace mucho frío tampoco. La época ideal es el otoño y un poco la primavera. Acá, en Paraná, es mejor el otoño porque la primavera es muy ventosa. El tiempo es un factor fundamental, como en el campo. Si llueve sonó –contesta divertido.
Cada vuelta trama una historia que se puede vivir en la imaginación y se refleja en los rostros encantados de los niños. A pesar de ser una tarde cálida de otoño, en la calesita se extraña el girar de ese mundo tan particular. Es que se terminó el último boleto prometido y ya no queda nadie. La música dejó de sonar, y no hay expresiones de fascinación ante ese ritual que, aunque el tiempo pasa, conserva la magia.










