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Bastó que mi hermana se instalara en Buenos Aires para que, de modo clarividente, yo decidiera estudiar en Paraná. Descartando Sociología, en 1992 me anoté en Comunicación Social y logré rendir, sin tropiezos, 39 materias.
Vengo de Nogoyá, de una familia de comerciantes y militantes radicales, en ese orden. Con mis tres hermanos fuimos educados en la mayor de las tolerancias democráticas. Es decir, en casa había una clasificación propia de las personas y “la buena gente” no era la que necesariamente pertenecía a las filas de la UCR sino aquella que entraba a menudo a nuestro bazar, compraba y además pagaba puntualmente sus cuentas. Así y todo, al margen de sus lógicos intereses mercantiles, valoro la dedicación con que mis padres atendían a travestis, peronistas, monjas, funcionarios y peones de campo sin distingos.
Por años, canté como mezzosoprano en un coro, jugué toda mi infancia y adolescencia al vóley con más garra y convicción que destreza, estudié y fui maestra de italiano; actividades me dieron una interesante vida social, viajes y experiencias memorables.
Muy Responsable. Esa debe ser la palabra que con mayor cantidad de veces me definieron desde chica; y aunque me considero una persona seria, mis amigos de la escuela se empeñan en recordar esas anécdotas en la que era insufrible con los chascos. Putaparió en las lapiceras, bombitas de olor, confites con picantes, talcos vencidos, espuma y otros etcéteras que no quisiera que mis hijos leyeran. Pero mi costado sádico era subyugado por el rendimiento escolar y, pese a mi persistente incontinencia verbal, siempre aparecía entre los mejores promedios.
Esta facultad ha sido tan importante en mi vida y tan generosa conmigo que en mi primer paso me llevé grandes amigos, hoy tíos postizos de mis hijos, y un compañero de vida.
En la Peña del Ingresante empecé una relación con Darío, un gringo de Rafaela, de grandes ojos celestes y 35 cm más alto que yo, que me había cautivado con su inteligencia y sentido del humor. Desde entonces, noviamos, convivimos, me declaró concubina en Tribunales, nos casamos, nos separamos, decidimos reincidir juntos, tuvimos a Renata y Felipe, luego afrontamos una significativa crisis y decidimos refundar la pareja y seguir acompañándonos en la vida.
Soy una persona de gustos eclécticos que a veces se alucina con algo hasta rozar la obsesión. En ese estado, por ejemplo, me dediqué al acuarismo durante casi 10 años. Con mi primer sueldo compré una pecera enorme y me enamoré de los peces tropicales. Al año, los receptáculos de vidrio ya eran cinco, de distintos tamaños, uno con sala de parto incluida, y otro especial para alevines. Todo eso en un departamentito de 30 metros cuadrados en el que, por momentos, todo ser humano parecía un buzo intruso.
Tengo talento para recordar rostros, nombres y situaciones que podría contar una y mil veces con los mismos detalles.
También me alucinan los despegues de los aviones, conocer lugares nuevos, los peces tropicales, el mar, los cangrejos, las frutas, los colores cálidos y radiantes, el cine, la fotografía, Quino, los aromas en general y procuro muito la música popular
brasilera.
Me enojan la mentira, la hipocresía, los miserables, las personas calculadoras de esas que ponen todo en números, y las injusticias. Bueno, también es cierto que últimamente me enchincho con nimiedades.
Desearía ser menos exigente, tener un humor más estable, relajarme más a menudo y que el trabajo ocupe un lugar menos significativo en mi vida.
Tengo una casa con grandes ventanales y vidrios de colores, una gran perseverancia con lo que se me mete en la cabeza, mucha curiosidad y habilidad para las manualidades con engrudo y papel.
Entre mis defectos, identifico el mutismo que me ataca cuando me enojo. Creo haber estado casi una semana sin hablar; enroscadísima por supuesto. También reconozco que a menudo hablo entre dientes y suspirando, que vendría a ser, más o menos, la misma actitud autista de no querer comunicarme.
En la fotografía encontré la magia, un viaje interior, el placer de la experimentación con la luz y el disfrute de los inconfundibles aromas que desprenden los químicos. Y otra vez me aluciné. En ese tiempo, volvía de trabajar tipo una y media, y después de una siesta de otoño, esperaba hasta las seis para convertir todo el departamento de dos ambientes en un cuarto oscuro, donde apenas se divisaban formas gracias a un foquito de luz roja de 25 watts. Para lograrlo, cerraba persianas y colgaba frazadas y todo tipo de trapos que impidiera que se colara un fotón indeseado.
El baño, de 2 x 1, era ciego y eso lo convertía en un inmejorable lugar para cargar negativos en el tarro y armar rollos. En esa oscuridad plena, me sentía otra persona, y el único desafío era romper con las manos la carcaza del rollo para calzar la película prolijamente en un espiral. La adrenalina y la transpiración eran parte del procedimiento.
Hace años que la heladera no almacena botellones con reveladores PQ 8, HC 110, paro o fijador. Pero podría reconocerlos por su olor. Sobre todo el líquido de paro, que sirve para frenar el proceso de revelado, y huele a plasticola ácida casi
avinagrada.
En esa penumbra enrojecida, el único tiempo que se contaba era el que se exponía el papel fotográfico en la ampliadora. El momento más excitante, el de la aparición de lo fotografiado en el papel sumergido en la batea. Algo que sorprende siempre la primera vez y también la quincuagésima.
Finalmente, el proceso solía tener su consagración en el baño, un lugar poco sofisticado pero con las indispensables paredes azulejadas pertinentes para secar esas fotografías durante unos días, y brindar a los ocasionales e indispuestos visitadores el montaje de una muestra fotográfica.
Tengo antecedentes laborales como moza en una pizzería, productora de radio en LT 14, correctora en el extinto periódico Hora Cero, secretaria de prensa de tres legisladores y un ministro, jefa de prensa en una campaña política, fotógrafa y empleada de la Defensoría del Pueblo de la Nación. Sin embargo, a la hora de llenar formularios, siempre tengo dudas en el ítem OCUPACIÓN.
De unas pocas sesiones de hace muchos años, retengo una sugerencia de la psicóloga que sonó más bien a profética advertencia: “La felicidad está en la profundidad de las cosas”.
Y han tenido que pasar 14 años para que, de vuelta en Alumnado buscando un analítico, sola mi alma frente al mostrador, me dieran ganas de terminar la carrera y de preguntar qué debía hacer para licenciarme.
Aún teniendo presente la cantidad de veces que renegué sobre la escisión de la facultad con el mundo real; acá estoy, cursando y escapando consciente y placenteramente de esa abrumadora realidad, ahondando en las aguas de nuevos autores, en un nuevo edificio, con nuevos compañeros, y nuevas secuelas físicas también; porque a los 20 el dolor de ciático me parecía cosa de viejos y ahora no puedo estar tres horas seguidas sentada en clase sin acalambrarme. Pero al mismo tiempo, estoy intentando adentrarme en las profundidades de esta carrera para
cerrar un ciclo; y de paso sentirme otra vez feliz.
Carolina Atencio

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