lunes, 13 de junio de 2011

UNA MIRADA HACIA ATRAS


Lorena Raffin

Cuentan que el día que nací el viento norte hacía de las suyas. Pero a mi padre mucho no le importaba porque al fin cumplía el sueño de la hija mujer después de tres intentos. Más tarde volverían a intentarlo, pero sin éxito.
Crecí en el campo junto a cuatro hermanos varones. La infancia se inundó de autitos, gomeras, cazas, recorridos por los montes y siestas de secretos compartidos con mis guardianes, compañeros y amigos: mis hermanos.
Hubo pocas muñecas y juegos de tomar el té. De vez en cuando cumplía el sueño de la princesa liberada; cuando venía un amigo que se apiadaba y entonces accedía a rescatarme de algún árbol donde era prisionera o salvarme de las balas de los forajidos.
Las tardes eran largas, cálidas y perfumadas por los aromitos que endulzaban el aire desde el camino angostito y polvoriento que conducía a la casa. El universo en el que vivíamos era pequeño pero suficiente.
Antes de comenzar la escuela conocí el miedo. No ese miedo a las sombras que proyectan monstruos, ni a fantasmas que abren puertas. Conocí a los cinco años el peor de los miedos; ese que provoca la prepotencia de los hombres.
Era una noche rara, diferente. Mi tío dormía en la cama junto a la mía. Tiempo más tarde comprendí que no estaba de visita.
La luz de los reflectores atravesó las ventanas al tiempo que sonaba el timbre de la casa con insistencia. Desde la cama vi a mi madre atravesando el comedor; agarrándose la cabeza como si la obligara a pensar, con la garganta cerrada de palabras y gritos contenidos. No caminaba, volaba. Iba de un lado a otro de la habitación sin rozar si quiera el piso. Avanzaba, se detenía y volvía. Era un trompo, un torbellino sin rumbo. Frágil y humana, el miedo brotaba de esa condición. El caos se apoderó de ella.
Mientras tanto mi padre abría la puerta; escuché su voz serena explicando que en la casa estaba solo la familia, negando la presencia de mi tío. Cuando las palabras fueron insuficientes para convencerlos corrió el riesgo, se hizo a un lado e invitó a pasar a esas personas de uniformes. Un silencio. La noche se hizo más profunda y el momento siniestro. No recuerdo cómo llegué ahí, estaba parada junto a mi padre; muda. Eran los dueños del terror y buscaban una señal para entrar, no la encontraron. Cargados con sus armas, uniformes y el poder que eso les daba se fueron sin decir palabra. No sé cuántos eran, ni cuanto duró; pero abarcaban todo, inundaron el espacio y congelaron el tiempo.
Esa noche conocí el miedo y también el valor que hace falta; aprendí de mi padre el coraje y el aplomo necesario para enfrentar situaciones límites. Después de aquella noche las tardes de a poco volvieron a ser lo que eran; y las noches nunca más fueron iguales.
Aprendí en esa época que había cosas que no se podían decir ni hacer. Llevé chocolates y cartas para los soldados de Malvinas que fueron a pelear por la patria; aunque en lo más íntimo sabía de la injusticia de aquella guerra. A los ocho años festejé la llegada de la democracia. Vi ese despertar desde una escuelita rural donde había una maestra para todos los grados.
La escuela secundaria siguió en el campo, llena de amores y sueños con otros mundos. Conocí gente y lugares. Por esas cosas de la vida mi mejor amiga era noruega y su madre especializada en problemáticas de género en comunidades rurales. Ella hacia su investigación de campo durante el día. Por las noches se dedicaba a escuchar nuestras historias de adolescentes y preguntar sobre aquellos sentimientos más profundos y creencias más arraigadas, cuestionándolas, poniendo en tela de juicio las verdades aprendidas en aquel entorno. Eso marcaría mi vida, o mejor dicho torcería mi destino para siempre.
Todo hacía pensar que me casaría joven con alguien de algún pueblo vecino, que vendría a visitarme los sábados y me sacaría a pasear los domingos hasta que un día me propusiera matrimonio. Pero antes de que sucediera mi familia ya se había dado cuenta de que esos no eran mis planes.
Terminé quinto año y me mudé a Paraná para estudiar comunicación social. Algo que nadie entendía y debí explicar muchas veces: ¿por qué te fuiste? ¿Por qué Paraná? Y la pregunta que todos conocemos: ¿comunicación social? ¿Y eso qué es?
La historia de la carrera es muy larga: estudio, militancia, amigos, amores y desamores. Rendí todas las materias de la tecnicatura y licenciatura. Terminé la pasantía y no volví a este lugar. Hubo algunas intenciones y anteproyectos de tesis, pero nunca lo intenté realmente.
Mientras: viajé, me enamoré, me casé, tuve a mi hija Celina, me desenamoré y seguí viajando. Comencé a trabajar en una empresa lejos del mundo académico y de todo lo que había vivido en Paraná hasta el momento. Tuve que aprender, hacerme un lugar y obtener algunos logros. Para decirlo con palabras del maestro García Márquez: contar con la creatividad y la práctica. Todo eso me llevó un tiempo, pero lo conseguí.
Para terminar la carrera solo me faltaba la tesis; hace unas semanas solicité el cambio de plan de estudios y este taller forma parte del camino a recorrer. Hoy es mi nuevo desafío.

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